Colegio Gabriel Taborin
Formación Ética, Ciudadana y Cristiana – Primer Año

Introducción a los Hechos de los Apóstoles

El libro de los Hechos de los Apóstoles contiene un testimonio preciso sobre los orígenes del cristianismo. En él se cuenta cómo fueron naciendo las primeras comunidades cristianas y cómo se extendió el Evangelio por todo el Imperio Romano.

La mayoría de los católicos conocemos algunos de los episodios que se cuentan en él. Sin embargo, es muy probable que la mayoría de nosotros nunca lo haya leído entero, ni se haya detenido a pensar cuál es el mensaje que encierra este libro para las comunidades cristianas de hoy, casi veinte siglos después.

Continuación del Evangelio según San Lucas

Para comprender adecuadamente el libro de los Hechos hay que tener en cuenta que se trata de la segunda parte de una obra más amplia compuesta por un cristiano de la segunda generación, a quien la tradición identifica con el nombre de Lucas.

Se denominan cristianos de "segunda generación" a aquellos que, sin haber conocido personalmente a Jesús, recibieron el testimonio de los Apóstoles y de otros cristianos que sí lo conocieron personalmente.

La primera parte de esta gran obra es el Evangelio según San Lucas. Comparando los prólogos de ambos libros (Lc. 1,1-4 y Hch. 1, 1-2) observamos que los dos están dedicados a un mismo personaje llamado Teófilo.

Teófilo significa en griego "amigo de Dios", "amado por Dios" o "el que ama a Dios", por ello se ha pensado que pueda tratarse de un personaje de ficción que representa a todos los cristianos (los que aman y son amados por Dios; sus amigos). Otra teoría indica que se trataría de un cristiano de muy buena posición económica al que Lucas le envía su libro para que él lo haga copiar. No debemos olvidar que en esa época no había imprentas y que los libros se copiaban a mano. De todos modos, el libro está destinado a la comunidad de los creyentes y por eso somos nosotros los verdaderos destinatarios del mismo.

El hecho de que Lucas sintiera la necesidad de añadir una segunda parte a su Evangelio, nos revela que para él era muy importante conocer cómo los primeros cristianos habían puesto en práctica las enseñanzas de Jesús. También estaba muy interesado en mostrar cómo aquellas primeras comunidades de discípulos habían llevado a la práctica el encargo que Jesús les había dado: ser testigos hasta los confines del mundo, continuando la misión iniciada por él en Galilea.

Este es también uno de los grandes valores de este libro para nosotros. Tenemos en él un ejemplo de cómo pueden ponerse en práctica las enseñanzas de Jesús y un recuerdo constante de que nosotros somos continuadores de su misión.

¿Quién era Lucas?

De Lucas, el autor del tercer Evangelio y de los Hechos de los Apóstoles, sabemos bastante poco. En realidad es la tradición de la Iglesia la que le atribuye la autoría de estos libros.

Sabemos que no era judío, sino un griego nacido en Antioquía, en la región de Siria. Era médico y compañero de viaje de San Pablo. Estos datos nos vienen dados por las mismas Sagradas Escrituras. Así, el texto de Col 4,14: "Reciban los saludos de Lucas, nuestro querido médico, y de Demas"; como el de Flm. 24: "Como también Marcos, Aristarco, Demás y Lucas, ayudantes míos".

No era Apóstol, ni conoció personalmente a Jesús; sino que recibió el mensaje cristiano por la predicación de los Apóstoles y el testimonio de los primeros cristianos, que sí habían conocido al Señor.

La Ascensión de Jesús (Lc. 24, 36-53 y Hch. 1, 3-11)

Estos textos nos confirman que el tercer Evangelio y el libro de los Hechos de los Apóstoles pertenecen a un mismo autor. Lo notamos porque ambos relatos de la ascensión del Señor presentan los mismos elementos. Sin embargo, lo más importante es que prestemos nuestra atención en lo esencial de su mensaje.

¿Qué les manda Jesús en este pasaje a los Apóstoles?

¿Qué les promete?

¿En qué lugares deben ser testigos del Resucitado?

Como ya hemos notado más arriba, el libro de los Hechos de los Apóstoles empieza de la misma forma que termina el Evangelio según San Lucas. Ya sabemos que fue el mismo autor el que escribió ambas obras, y a ese autor le interesó mucho que se viera bien claramente la continuidad entre la primera parte (Evangelio) y la segunda (Hechos).

Hay algunos detalles que ponen de manifiesto esta continuidad.

El autor (Lucas) comienza con una presentación en la que se dirige al mismo personaje (Teófilo) al que ya había dedicado el Evangelio (Lc. 1,1-4).

Las palabras con las que empieza: "Ya traté en mi primer libro…", son una importante pista para ver que es el mismo autor el que escribió las dos obras.

Por otro lado, hay numerosos temas que aparecen al final del Evangelio de Lucas y en la introducción de Hechos:

Con la repetición de estos temas, Lucas está subrayando las claves para entender toda la situación del cristianismo naciente, así como para que su propia comunidad, y las comunidades que iban surgiendo, se fueran entendiendo a sí mismas en el marco de la nueva fe.

Todo lo que el Resucitado enseña a los suyos se concreta en dos temas que son los pilares sobre los que se asienta toda la estructura de Hechos: el Espíritu Santo y la misión evangelizadora de la comunidad cristiana.

Así, de los seis temas indicados arriba, que forman la "bisagra" que une el final del Evangelio y el comienzo de Hechos, los que adquieren en este último mayor relieve son el envío del Espíritu Santo y el mandato de ser testigos del Resucitado.

Jesús resucitado se muestra a los suyos y les enseña "durante cuarenta días, hablándoles del Reino de Dios". Esta cifra (cuarenta) es simbólica. En la Biblia aparecen en varias ocasiones y siempre tiene carácter simbólico, sean 40 años, 40 semanas o 40 días, aludiendo a un período de tiempo en el que Dios actúa. Además, en la época en que escribe Lucas, 40 días era el tiempo que los rabinos concedían a sus discípulos para repetir y aprender las enseñanzas. Así Lucas presenta la enseñanza de los Apóstoles como auténtica, por haberla recibido dentro del plazo legal. A continuación enmarcado en una comida, se nos dice que "les ordenó que no salieran de Jerusalén". Allí debían aguardar la promesa del Padre: el Espíritu Santo. A continuación hace alusión al bautismo que Juan el bautista daba, como inicio del proceso que va a culminar ahora con la venida del Espíritu Santo.

Por último, el evangelista resume el testamento del Señor: "Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, … y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra" en que se resume, al mismo tiempo el plan de todo el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Ese plan sigue vigente hoy, habiendo iniciado el tercer milenio, para todos los hombres y mujeres que quieren seguir al Señor resucitado.

Hoy, como ayer, el Espíritu sigue siendo el impulsor de la comunidad de testigos para desempeñar la misión universal sin limites: el encargo de Jesús.

El programa evangelizador

Según el relato de Lucas, las últimas palabras del Resucitado, antes de su ascensión a la derecha del Padre: "…y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra" (Hch. 1, 8).

A primera vista esta frase parece un simple encargo. Nadie diría que en ella está contenido el programa evangelizador de todo el libro de los Hechas de los Apóstoles y, sin embargo, así es.

La frase cita cuatro lugares: "Jerusalén", "Judea", "Samaría" y "hasta los confines de la tierra". Pero, como es normal en la Biblia, tras las palabras hay un contenido más profundo, todo un mensaje de fe.

Lo primero que aparece en esos cuatro nombres es el simbolismo numérico. El número cuatro simboliza normalmente en la Biblia la totalidad de la tierra y del universo, pero además aquí esos cuatro nombres están expresando un movimiento expansivo con una trayectoria que avanza desde el punto de partida que es Jerusalén hasta una meta en lo más remoto, los límites de lo conocido (esos límites de lo conocido son representados en el libro de los Hechos de los Apóstoles a través de la capital del Imperio Romano, la ciudad de Roma).

Para un habitante de Palestina en aquella época, llegar hasta Roma era como llegar al fin del mundo, pues lo que sucedía en Roma tenía repercusión en todo el Imperio, que venía a equivaler al mundo entonces conocido.

El programa misionero se refleja claramente en el siguiente esquema, que estructura el libro de los Hechos de los Apóstoles:

Los Apóstoles esperan el Espíritu Santo y eligen a Matías (Hch. 1, 13-26)

En este texto, con el que finaliza el primer capítulo del libro de los Hechos de los Apóstoles, llama la atención en primer lugar la nómina de los personajes que intervienen. Con ellos es posible formar tres grupos: los Apóstoles, las mujeres (entre las que se destaca María, la madre de Jesús) y los hermanos de Jesús.

¿Quiénes son estos "hermanos" de Jesús? En realidad este término se emplea en Hebreo y Arameo para designar no sólo a los hermanos (hijos del mismo padre y madre), sino también para referirse a los primos y otros parientes cercanos. Así, en el final de Hch. 1, 13 algunas Biblias traducen "Judas, hermano de Santiago"; en tanto que otras lo hacen como "Judas, hijo de Santiago". El grupo de los "hermanos" de Jesús, es entonces el de sus parientes cercanos.

Si nos detenemos en la nómina de los Apóstoles podremos observar que se nombra a once. Falta Judas Iscariote, quien traicionó a Jesús y luego se quitó la vida. El término "Apóstoles" , que aquí se aplica a los once y que se ha hecho común en la Iglesia para referirnos a los doce que eligió Jesús, tiene otros usos en el Nuevo Testamento. Así, por ejemplo, se llama también "Apóstol" a Pablo (Rm. 11, 13), a Bernabé (1Cor. 9, 5-6), a Silvano y Timoteo (1Tes. 1, 1; 2, 7).

En realidad, a pesar de estos usos más "extensos" de la palabra "apóstol", en general se identifica a los Doce como los Apóstoles. En efecto, Jesús, elige a doce entre los que lo acompañaban para que anuncien junto a él el Evangelio y expulsen a los demonios (Mc 3, 14-15). Ellos constituyen el fundamento del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia. Por eso, el número de doce, ya que doce eran las tribus que formaban el antiguo pueblo de Dios, Israel. En estas condiciones, resulta imprescindible la elección del duodécimo, que debía ocupar el lugar dejado por Judas al morir. Sólo así podrá descubrirse que la Iglesia naciente es el nuevo Israel. Los Doce Apóstoles son, para siempre, el fundamento sobre el que se edifica la Iglesia: "La muralla de la ciudad [la Jerusalén celestial] se asentaba sobre doce cimientos, y cada uno de ellos tenía el nombre de uno de los doce Apóstoles del Cordero" (Ap. 21, 14).

La imagen del Apocalipsis es clara, la Jerusalén celestial que es la Iglesia de los fieles a Jesús está contenida dentro de las murallas basadas en los Apóstoles. Son sus enseñanzas las que permiten contener a la verdadera comunidad de los seguidores de Jesús; son ellos y su enseñanza quienes garantizan la pertenencia a la sana doctrina del Evangelio.

En estas condiciones es Pedro quien, como cabeza visible de la Iglesia naciente, toma la iniciativa y propone a la comunidad la necesidad de elegir un reemplazante para Judas.

Es importante observar cuáles son las condiciones que se pide para los candidatos: Haber permanecido con los Apóstoles todo el tiempo que va desde el bautismo de Juan hasta la ascensión. Sucede que quien fuera elegido en reemplazo de Judas debería ser, junto a los otros Apóstoles, testigo de la Resurrección del Señor.

La venida del Espíritu Santo (Hch. 2, 1-13)

El episodio de la venida del Espíritu Santo tiene lugar en la fiesta de Pentecostés. Para nosotros, Pentecostés es, precisamente, la fiesta de la venida del Espíritu Santo; sin embargo, para los judíos era una fiesta de acción de gracias por el don de las cosechas. Se celebraba cincuenta días después de la Pascua y en ella se conmemoraba también el pacto que Dios había hecho con el pueblo de Israel en el monte Sinaí.

En el relato del acontecimiento de Pentecostés aparecen las imágenes del viento y del fuego que también se encuentran en las narraciones del Antiguo Testamento para indicar que se trata de una manifestación especial de Dios (Ex 3, 2; Ez 1, 4-5).

El relato de Pentecostés nos resulta extraño y fascinante a la vez, precisamente por los símbolos e imágenes que utiliza. Pero esa extrañeza desaparece cuando comprendemos que, a través de ellos, Lucas quiere hacernos descubrir lo importante que fue la experiencia de Pentecostés, y que en ella se dio una presencia muy especial de Dios. El Señor envía el Espíritu que había prometido (Hch. 1, 8) y lo envía cuando están reunidos en comunidad.

El fenómeno que se cuenta a continuación suele conocerse con el nombre de glosolalia, palabra que significa literalmente "hablar en lenguas". Los Apóstoles hablan su propio idioma, sin embargo, judíos venidos de distintos lugares del mundo entonces conocido y que hablaban distintos idiomas, los entienden en sus propias lenguas.

¿Qué es lo importante de esta manifestación? Hablar en lenguas significa hacerse entender por todos los pueblos gracias a la acción del Espíritu Santo. En el relato de la torre de Babel (Gn. 11, 1-9) el pecado de soberbia hace que Dios castigue a los hombres confundiendo sus lenguas. Las diferentes lenguas dividen a los hombres. Este relato de Lucas es como la contracara de Babel, pues aquí el mensaje de los Apóstoles es comprendido por todos, sin importar la legua o el origen de quienes escuchan.

Pentecostés parece darnos a entender que todas las personas pueden escuchar la Buena Noticia de Jesús, su Evangelio. La misión de los Apóstoles, desde este momento, será hacer llegar a todos sin excepción la buena noticia de la resurrección de Jesús. Es como si la confusión de Babel, que provocó la dispersión de los pueblos, desapareciera y todos los hombres pudieran reunirse de nuevo en una misma familia.

La venida del Espíritu Santo hace que los discípulos se conviertan en testigos del Resucitado ante todos los pueblos. La salvación ya no tiene fronteras; no es sólo para los judíos, sino que se dirige a todos. La llegada del Espíritu es una llamada a que la salvación sea universal, es decir para todos. Todas las personas son capaces de entender la Buena Noticia de Jesús, cada una en su propia lengua y según su propia cultura.

Finalmente, es importante observar que el Espíritu desciende sobre toda la comunidad. En comunidad reciben el Espíritu, en comunidad lo anuncian y ese anuncio hace que se aumente y consolide dicha comunidad con nuevos miembros. El nuevo Israel, el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, se hace misionero al recibir el Espíritu Santo

El Espíritu Santo

Cuando Pablo fue a Éfeso se encontró con algunos discípulos que le dijeron que ni siquiera habían escuchado hablar del Espíritu Santo (Hch. 19, 2). Algo así ocurre hoy con muchos cristianos. Es cierto que nombramos al Espíritu Santo junto al Padre y al Hijo al comienzo de muchas de nuestras celebraciones y oraciones cuando hacemos la señal de la cruz; pero es muy poco lo que sabemos sobre Él.

La Palabra de Dios cuenta cómo se ha ido revelando el Espíritu Santo a través de la historia de la salvación, comenzando por su manifestación en el Antiguo testamento. En el libro del Génesis se dice que el Espíritu "aleteaba sobre las aguas" (Gn 1, 2). En la historia de Israel se manifestó como la fuerza que acompañaba a los profetas y a los jueces llevándolos a cambiar la realidad según el corazón de Dios.

Sin embargo, el Espíritu Santo sólo se hizo presente de una manera plena a través de Jesús. Engendrado por obra del Espíritu Santo (Mt. 1, 18), revestido en el bautismo con su fuerza (Mc. 1, 10), toda su vida y su misión estarán guiadas por Él (Lc 4, 17-21). Por eso sus palabras son espíritu y vida (Jn. 14, 26).

Después de la resurrección de Jesús, el Espíritu Santo se hizo presente de una forma muy especial entre los primeros cristianos: les quitaba los miedos (Hch. 2, 1ss), los llenaba de fortaleza (Hch. 4, 31ss), impulsaba a la Iglesia a recibir a los no judíos (Hch. 10, 1ss), la ayudaba a aclarar situaciones y conflictos (Hch. 15,1ss), era Él quien ponía en marcha la misión o la impedía (Hch. 16, 6). Su presencia en la Iglesia es decisiva, pues es Él quien capacita a los Apóstoles para ser testigos del Resucitado "hasta los confines de la tierra".

El Espíritu Santo fue, además, el que formó la comunidad. Él es el que hace posible el entendimiento en Pentecostés y quien lanzó a los discípulos a crear comunidades.

El Espíritu Santo, como dice San Pablo, es el mismo amor de Dios que se nos entrega (Rm. 5, 5) y nos capacita para llamarlo Abba, es decir "Padre" (Rm. 8, 15). Dicho de otra forma, el Espíritu Santo nos permite poner nuestro corazón en "sintonía" con el corazón de Dios, nos empuja a vivir de acuerdo con los valores del evangelio y no según nuestros caprichos. ¿Cómo hace esto? Impulsándonos a vivir como hijos de Dios y dándonos la libertad de los hijos de Dios.

En esta nueva forma de vida, la de los hijos de Dios, tiene un fuerte peso el amor; porque el Espíritu es el amor del Padre y del hijo que se nos comunica. Este Espíritu, que es amor, sólo puede ofrecer amor e impulsar a vivir desde el amor.

Creer en el Espíritu Santo es confesar que se trata de una de las personas de la Santísima Trinidad. Junto al Padre y al Hijo, el Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad. Sin embargo, no creemos en tres dioses. Se trata de un única Dios en tres personas.

Ese mismo Espíritu es el que cubrió a María con su sombra y permitió que la segunda persona de la Santísima Trinidad se hiciera hombre: Jesús de Nazareth, que es hombre perfecto y Dios perfecto.

El primer discurso de Pedro (Hch. 2, 14-41)

Después de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, los Apóstoles comienzan su misión de anunciar la resurrección de Jesús. Nuevamente es San Pedro quien toma la iniciativa y se dirige a la multitud de los judíos venidos de diferentes lugares para celebrar la fiesta de las cosechas.

A ellos les recrimina haber sido los responsables de la muerte de Jesús. Son ellos quienes le dieron muerte al "autor de la vida". Sin embargo, San Pedro no se queda sólo en la denuncia de la injusticia que significó la muerte de Jesús, sino que anuncia su resurrección. De este modo se hace el primer anuncio público de la Pascua de Jesús, el misterio de su muerte y su resurrección.

Quienes lo escuchan tiene dos reacciones contrapuestas: mientras unos se sienten conmovidos, otros, en cambio, piensan que los Apóstoles están borrachos.

A los que creen en el mensaje anunciado, Pedro los invita a recibir el bautismo, a la vez que les promete que el Espíritu Santo descenderá sobre ellos.

De este modo, muchos se incorporan a la comunidad de los cristianos y ésta crece por la acción del Espíritu Santo.

En su discurso, San Pedro cita una profecía de Joel (Jl. 5, 1-11) y nos permite entender de qué manera deben ser leídas e interpretadas las profecías. Éstas no están para ser leídas literalmente, sino para anunciar la presencia de Dios en medio de la historia de su pueblo. San Pedro aplica este pasaje de Joel a lo que acaba de ocurrir en Pentecostés para indicar que, de este modo, Dios ha cumplido su promesa haciéndose presente en medio de su pueblo, por eso es que se trata de un día especial (que en Joel había sido señalado con signos extraordinarios, como la luna convertida en sangre).

La primera comunidad cristiana (Hch. 2, 42-47; 4, 32-35; 5, 12-14)

En los cinco primeros capítulos del libro de los Hechos de los Apóstoles nos encontramos con estos tres pasajes que describen de una forma resumida la vida de las primeras comunidades en Jerusalén. Estos resúmenes, que reciben el nombre de sumarios, suelen generalizar empleando expresiones como "todo el mudo", "cada día", etc. En el conjunto del libro cumplen una doble función: por una parte dan una idea general, una visión de conjunto y por otra sirven para hacer una transición entre unos relatos y otros. Pero ¿eran las primeras comunidades como las describe Lucas?

Lucas nos ofrece una visión idealizada de las primeras comunidades cristianas en Jerusalén con fines catequísticos. La descripción que nos ofrecen los sumarios es probablemente más un ideal que una realidad histórica. Lo que en ellos se dice acerca de la vida de las primeras comunidades es el ideal hacia el cual se miraba con esperanzas de alcanzarlo. A ellos les ocurría como a nosotros, que muchas veces no llegamos a alcanzar aquello que nos proponemos.

El mismo libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta que también entre aquellos primeros cristianos surgieron conflictos. Ya en el capítulo quinto, la armonía de la comunidad se rompe porque Ananías y Safira engañan a los hermanos (Hch. 5, 1-11). En el capítulo sexto encontramos una nueva dificultad: los helenistas (cristianos de cultura griega) se quejaban a los discípulos de origen hebreo porque sus viudas no eran bien atendidas (Hch. 6, 1-7). Dificultades mayores aparecerán cuando los primeros paganos entren en la comunidad. Más adelante tendremos ocasión de ver con detalle estos conflictos.

En cualquier caso, los tres sumarios de los que acabamos de hablar describen los fundamentos esenciales sobre los que se asentaba su vida en común. Los discípulos asistían regularmente a la enseñanza de los Apóstoles, y nos transmiten que los Doce daban testimonio de la resurrección del Señor con gran eficacia. Ni un solo día dejaban de enseñar en el templo y por las casas, anunciando la buena noticia de que Jesús era el Mesías (Hch. 5, 42).

Los creyentes vivían en comunión fraterna, tenían un solo corazón y una sola alma; lo poseían todo en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía. Como resultado de este estilo de vida, ninguno pasaba necesidad.

Los seguidores de Jesús querían vivir lo que habían visto al Maestro, más aún lo que le escucharon en la última cena: "haced esto en memoria mía". En este Libro de los hechos de los Apóstoles se nos narra cómo partían el pan en las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón..

Los primeros cristianos recordaban que Jesús por las noches se retiraba a orar, que alababa al Padre y que acudía a Él en los momentos más significativos de su vida. Ellos también eran fieles en las oraciones y a diario frecuentaban en grupos el templo.

Los Apóstoles hacían, como lo había hecho Jesús, signos y prodigios a favor del pueblo. Mucha gente de los alrededores de Jerusalén llevaba enfermos y poseídos y todos eran curados.

Como consecuencia de este estilo de vida los discípulos gozaban de simpatía entre el pueblo, hasta el punto de que todo el mundo estaba impresionado. El testimonio y la predicación que daban los primeros cristianos impulsaba a muchos hombres y mujeres a unirse a ellos. En el libro de los Hechos de los Apóstoles se dice que día tras día el Señor iba agregando al grupo a los que se iban salvando.

A la luz de las enseñanzas de estos pasajes toda comunidad cristiana, también nuestro curso, debería plantearse su vida a partir de los siguientes pilares:

Jesús resucitado había pedido a María Magdalena y a las otras mujeres que anuncien la buena noticia (Mc 16, 15; Mt 28, 20). Los Once, particularmente Pedro, dan testimonio de su fidelidad al deseo del Maestro de proclamar y enseñar (Hch. 1, 8) que Jesús es el Mesías que fue muerto y ha resucitado (Hch. 2, 22-24). Este es el contenido fundamental del kerigma, del mensaje de salvación. Los primeros cristianos aceptan la predicación de los Apóstoles. La Iglesia se construye porque unos proclaman la Palabra de Dios y otros están abiertos para recibirla.

La fracción del pan, que más tarde se llamó Eucaristía y que hoy celebramos en cada misa es el centro de la vida de la comunidad cristiana. En la vida de Jesús las comidas tuvieron gran importancia. El Maestro quiso celebrar la despedida en una comida: la cena pascual. Esta celebración exige como condición previa la comunión en la fe y la solidaridad efectiva de la vida. La primera condición se da frecuentemente entre nosotros, ya que de la Eucaristía no es común que participen personas que no comparten nuestra fe; pero la segunda parece habérsenos olvidado en muchos casos. San Pablo, en la primera carta a los Corintios, critica fuertemente a las comunidades que no viven la solidaridad (1Cor 11, 18-22. 29-34).

La oración: inmediatamente después de la ascensión de Jesús, los Once regresan a Jerusalén y "perseveraban en la oración unidos en un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos" (Hch. 1, 14). La oración es una actividad constante en la comunidad cristiana, especialmente en momentos difíciles e importantes. Los primeros cristianos empleaban oraciones propias del grupo de los seguidores de Jesús, como el Padrenuestro, que recibieron directamente de él.

Este es el elemento que más se desarrolla en los pasajes que estamos comentando. Es, sin dudas, una comunión espiritual, compartir en el Espíritu los mismos sentimientos y pensamientos; pero es también comunión efectiva y material: es poner los bienes en común para que nadie sufra necesidad.

El modelo de comunidad que nos propone Lucas en estos sumarios no es fácil de vivir. Necesitamos la fuerza del Espíritu, necesitamos el apoyo de otras comunidades que sean testigos de la esperanza para nosotros, necesitamos ayudarnos los unos a los otros para sostenernos en nuestra debilidad.

¿No resultaría interesante que, como curso, como grupo de personas que comparte una tarea en común y la misma fe, conformemos una verdadera comunidad de creyentes donde nadie sea dejado de lado y donde el Espíritu Santo que Jesús nos ha enviado como don del Padre anime nuestro compartir? En nosotros está la decisión… el testimonio de los Hechos de los Apóstoles alienta nuestra esperanza de que vivir en el amor y en la fe es posible. ¿Nos animaremos a intentarlo?

Mapa de los Hechos de los Apóstoles